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Antes de mismo de volar, el primer problema que se planteó al hombre deseoso de imitar los pájaros fue el de dejar el suelo. La leyenda cede poco a poco el lugar a la historia y, después de las libras santas de todas las religiones, algunas de las cuales son de verdaderas "pajareras", los textos de los cronistas aportan alguna precisión sobre los "mecanismos listos" capaces de hacer robar el hombre. Aristote y Galien examinan el problema, Aulu-Gelle describe al famoso perno de Archytas y los poetas celebran el infeliz Icare, mientras que los matemáticos se interesan aún más por su padre, el inventor Dédalo. Colgados a gansos, condenados a muerte se precipitan de la cumbre de los acantilados; otros, alas sobre la espalda, se lanzan de elevados puntos, vueltas y colinas, hacen algunas pulsaciones y caen o aterrizan un poco más lejos y un poco más bajo que su inicio. Mucho allí dejan su vida. La historia retiene a veces su nombre. Hacia 1500, Leonardo de Vinci, el primero, estudia científicamente el problema. Páginas y páginas de escritura, más de cuatro ciento dibujos lo certifican: el Florentino presintió el helicóptero, el paracaídas. Se dice incluso que habría intentado un planeador de tamaño natural. Al XVIe siglo, el Inglés Bate introducido en Europa el método del ciervo-volante, prestado a los antiguos Chinos. Guidotti, Burattini, Allard son los héroes de tentativas infelices. En 1673, se indica a un cerrajero del Mans, Besnier, que con superficies a válvulas habría conseguido volar. En 1742, el marqués de Bacqueville habría recorrido aproximadamente tres ciento metros sobre el Sena, en París. En 1783, el descubrimiento del aerostato por los hermanos Montgolfier suscita un tal entusiasmo para los "globos" que las investigaciones sobre los aparatos más pesados que el aire se suspenderán y van a tomar un determinado retraso. Blanchard, Resnier de Goué, Degen, Berlinger (dos Franceses, una Suiza, un Alemán) propondrán bien algunas soluciones e intentarán incluso algunas experiencias en vuelo, pero será necesario esperar el final del XVIIIe siglo para encontrar el que los Ingleses llamaron "el inventor del avión", sir George Cayley. En 1796, reanudando los trabajos de los Franceses Launoy y de Bienvenida, construye un helicóptero. En 1799, graba en un disco de dinero la representación de las fuerzas aerodinámicas sobre un perfil de ala. En 1808, dibuja del "ornithoptère" a escala del hombre. En 1809, construye un planeador que vuela (sin pasajero). En 1843, dibuja el primer modelo de "convertip" y, en 1849, construye un planeador que se habría experimentado con un pasajero. Hacia el mismo tiempo, dos otros Ingleses, Henson y Stringfellow, estuvieron bien cerca de encontrar la solución. Si el Ariel, cuyos grabados poseemos muy numerosos publicados en la época, no se construyó nunca, no permanece menos que Stringfellow, siguiendo los trabajos de Cayley y Henson, hizo robar por primera vez en la historia un modelo reducido de avión a vapor. Es en 1856, con el Francés Jean-Marie Le Bris, que las primeras pruebas de planeador con pasajero tienen lugar, y es aún con él, en 1868, que se tomará la primera fotografía del "el más pesado que el aire", de tamaño natural. En 1863, se habrán tenido en cuenta la invención de la palabra "aviación" por Gabriel del Landelle, el lanzamiento de la campaña de la "santa hélice" por Nadar y la construcción, por Pontón de Amécourt, de un helicóptero a vapor, primera aplicación del aluminio a lo sumo pesado que el aire. Desde Cayley, la atención de los investigadores se atrajo sobre la importancia de los datos aerodinámicos. Un paso decisivo será dado en este ámbito por otro Inglés, Wenham, que construirá el primero "túnel" (se dirá "túnel aerodinámico" más tarde) para la experimentación de las maquetas. El concepto de prueba sistemático aparece, sustituyendo pronto a los tanteos. En Francia, Pénaud y Gauchot proponen en 1876 un avión con tren retractable, hélices no a variable, gobiernos compensados y único pedido para la profundidad y la dirección. Por otra parte, hacia 1874, el Francés Félix del Templo llega a lanzar su avión a vapor a lo largo de un plan inclinado, con un joven marinero a bordo. Pero para que haya despegue, no sea necesario ni plano inclinado ni medio adicional (catapulta, contrapeso), y, para que haya vuelo, es necesario: trayectoria constante, dirigibilidad, finalmente aterrizaje a un nivel al menos igual al del inicio.



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